
A los que fuimos niños en los 60, a los de esta generación que ahora peina ya bastantes canas, nos dijeron, en las escuelas del nacionales y de las Jons (no se que significa eso), que a los rojos se les llamaba así, los rojo se les distinguía facilísimamente del resto de los primates. Tenían la piel efectivamente roja, escarlata, carmesí, o sea mucho más roja que la de los indios pintarrajeados a los que masacraba John Wayne antes de que se inventara el genocidio. Y, además, por si acaso alguno de los niños de la escuela fuese daltónico, los rojos se distinguían porque llevaban cuernos, y rabo terminado en punta de flecha; y los más rojos de todos –digo yo que serían los aparatchik del PCE– añadían a su uniforme un tridente de hierro negro en el que solían ensartar, por divertirse, a los límpidos y bien peinados muchachitos del Frente de Juventudes.
Luego llego la Transición, al público en general se le convenció de que aquello no era verdad. Los rojos, nos dijeron, no tienen la piel de ese color, ni usan cuernecillos negros salvo grave desavenencia marital –como todo el mundo, vamos–, ni tridente, y el rabo en punta de flecha lo llevan cuidadosamente oculto. Eso nos dijeron los demócratas de la UCD. Vamos, que los rojos eran como usted y como yo.