sábado, 20 de febrero de 2010

Partitocracias

Una historia real, publicada en El País, delata como la partitocracia acaba con las individualidades dentro los partidos que no asumen el debate ni las discrepancias en el son interno.

En marzo de 2007 se tramitaba la llamada Ley de Transexuales, a la que el PP se opuso desde el principio. Cuando llegó al Senado, el PP le encargó la ley a Evaristo Nogueira, senador por Galicia y decano del Colegio de Abogados de Santiago de Compostela. Se apasionó con el tema, se reunió con colectivos de transexuales y, al final, decidió que sus reivindicaciones eran jurídicamente de lo más razonable y no afectaban a ningún otro interés.

Nogueira expresó su opinión donde tenía que hacerlo, dentro del grupo del PP. Con argumentos, convenció a sus compañeros de la Cámara alta de que debían votar a favor de la ley. Así lo hicieron. Pero cuando la ley volvió al Congreso, Eduardo Zaplana impuso la tesis inicial, hizo que el PP votara en contra y despreció el trabajo de Nogueira. El senador no volvió a hacer nada. Al acabar la legislatura, abandonó la política y regresó a la abogacía en Santiago. Es la clase de ejemplo que revela por qué a veces en política es mejor seguir al rebaño y no pensar en voz alta.

Al PSOE se le achaca muchas veces las disensiones que hay cuando alguno de sus dirigentes muestran sus discrepancias sobre algún tema de actualidad, alguien puede tener dudas sobre que será más sano para la democracia si una disciplina acérrima con lo que dice la dirección o un partido con ideas iguales y diferentes que intentan ponerse de acuerdo, con tensiones o sin ellas, pero sin llamar “hijoputa” a nadie.

El PP, en otro tiempo, dio una prueba de ciertos límites que no deben sobrepasarse cuando, en contra de toda la opinión pública, apoyaron a Aznar cuando éste pidió a sus compañeros que apoyaran unánimente su decisión de intervenir en una guerra injusta como la de Iraq. Obedecer es una cosa y hacer el ridículo es otra.