jueves, 8 de abril de 2010

La 'dolce vita' de los prejubilados y otros falsos mitos

Revista de prensa: interesante artículo de EL CONFIDENCIAL:

“Bueno, es que tú vives como las reinas”. “Pues no, mira… Yo es que me he prejubilado, no me han dado ni un duro…” Esta conversación, que se recoge en el estudio Los otros excluidos: la posición de los trabajadores prejubilados, realizado por los investigadores de la universidad Autónoma de Madrid Rafael Ibáñez, L. E. Alonso y C. Fernández Rodríguez, contiene una de las preconcepciones más frecuentes sobre las jubilaciones anticipadas, la de considerar a quienes se han acogido a ellas como privilegiados que sufragamos todos los españoles. Pero tales prejuicios, advierten los expertos, no siempre se corresponden con la realidad.

En primer lugar, porque como recuerda Rafael Ibáñez, profesor de sociología, no todos los prejubilados proceden de sectores como el financiero o el de las telecomunicaciones, donde se pactaron, en muchos casos, buenas condiciones económicas. Además, también hay muchos prejubilados funcionales, “medio millón de parados de más de 52 años, que viven situaciones de pura supervivencia”, con subsidios medios que sólo alcanzan los 4.326 euros anuales. El colectivo de trabajadores que recibe la prestación para desempleados mayores de 52 años ha crecido entre 2001 y 2007 (en tiempos de recuperación económica y creación de empleo) en un 28,4%.

En segunda instancia, tampoco puede afirmarse que una mayoría de prejubilados estén satisfechos con la situación que les ha tocado vivir. Muchos de ellos aseguran no haber obtenido buenas condiciones económicas y quienes sí las consiguieron han visto cómo su nivel de vida descendía: como resalta uno de los participantes en el estudio, “si hay hijos, hay ciertos gastos que ya no se pueden asumir”. Sin embargo, el descontento principal no proviene tanto de la situación económica final, cuanto del modo en que se produjo su salida de la empresa.

Presiones importantes
Cuando estas jubilaciones anticipadas comenzaron a producirse, no sólo tenían como objetivo a los trabajadores vinculados a viejas industrias sino que tenían lugar en situaciones de crisis. Pero desde entonces, tales prácticas se han llevado a cabo (hasta el año pasado) en épocas de bonanza. Y como explica Ibáñez, “cuando la situación general es buena y la empresa está dando beneficios, las prejubilaciones se viven de una manera mucho más personalizada. Si se producen en tiempos de crisis son más asumibles porque se entienden referidas a una situación colectiva. No ha sido así en la mayoría de casos recientes”.

Además, tampoco creen los prejubilados que las técnicas empleadas para convencerles hayan sido las más adecuadas. Como afirma uno de los participantes en el estudio, “…voluntariamente éramos nosotros los que pedíamos esa prejubilación, pero el que no la firmaba, el que se negaba, había presiones, y había presiones importantes; y en el caso de mi banco, había de vez en cuando algún despido. Algún despido, digamos discrecional”. Y esa sensación de que mucho más que ofertarles una opción se les estaba empujando a firmar su salida, no era infrecuente. Como asegura otro de los intervinientes: “Yo me acuerdo de un caso último, tienes una bronca con un cliente, con un cambio, en fin, a las tres menos diez, no sé qué pasó, que al día siguiente tenía una carta de despido. Era un despido improcedente, por supuesto, porque no tenía ningún motivo; era un apoderado de una oficina que llevaba 35 años en el banco… Ningún sentido tenía el despido […] Pero qué generó eso? Pues generó un miedo en el conjunto de la plantilla”.

Una sensación que es ratificada porque, en los casos en que se planteaba cierta resistencia frente a la voluntad de la organización, solían aparecer medidas de represalia. A aquellos que no firmaban se les destinaba a otros lugares, se les eliminaban gratificaciones y cargos, se les relegaba a realizar tareas secundarias o simplemente no se les ocupaba. Y eso cuando no se incurría en el mobbing. Así, afirma un participante, “la política era tan horrorosa, tan alejada de lo que era en un principio y todo eso, que es que era insufrible. O sea, insufrible, con lo cual yo aunque mi jubilación económicamente fue caótica, pero es que fue una liberación, o sea porque aquello era verdaderamente horrible”.

El tercer motivo de descontento que expresan los prejubilados participantes en el estudio se extiende más allá de situaciones subjetivas. Como señala Ibáñez, si bien la posición mayoritaria, que coincide con aquellas personas que han salido mejor paradas en las jubilaciones, es que “la empresa resultará beneficiada con los cambios, porque podrán conseguir gente más joven, preparada y barata que hará bien su trabajo”, hay otra lectura de las jubilaciones anticipadas, sostenida en general por aquellos que más se han volcado en el trabajo, quienes entienden que “las empresas sólo pretenden deshacerse de mano de obra más cara y ahorrarse así unos miles de euros, pero desprecian una experiencia y un saber hacer que les resulta imprescindible”.

Movilidad laboral "vertical"

Y se trata de un discurso relativamente frecuente en nuestra sociedad, ya que muchos expertos están señalando cómo las empresas que han priorizado la reducción de costes lo pagarán a medio plazo. Para Ibáñez, así ocurrirá en determinados sectores, principalmente en los industriales, “donde al prescindir de empleados que sabían hacer su trabajo, se pierde calidad y decae la eficacia en los servicios que se prestan”, pero no en todos. En el caso de las empresas financieras, de telecomunicaciones y de servicios “donde hay una generación de gente más preparada, con mucha más capacidad para volcar energía y crear valor para la empresa, que no pone problemas para trabajar las horas que sea, al menos de momento, y que resultan baratos, es muy probable que las prejubilaciones sean beneficiosas”.

Esta clase de razones es la que convence a muchos especialistas de las bondades de utilizar las jubilaciones anticipadas en momentos de crisis como el presente. Como asegura José Manuel Saiz, profesor y jefe de estudios de la Facultad de Económicas y Empresariales de la Universidad Antonio de Nebrija, entre sus muchas utilidades está la de fomentar la movilidad laboral, “sobre todo vertical” porque favorece el acceso al empleo “de jóvenes titulados universitarios con gran potencial que vienen a reemplazar a trabajadores con experiencia cuyos conocimientos han quedado obsoletos. Así, en una empresa donde la tecnología sea importante, la prejubilación suele ser positiva porque la dinamiza mucho”.


En segundo lugar, también sirven para aumentar la productividad porque “cuando los trabajadores ven que en su empresa o en otras del sector asoman las prejubilaciones, se ponen las pilas rápidamente”. Además, Saiz niega uno de los principales argumentos en contra de las prejubilaciones, como es el mayor coste en gastos sociales, ya que “cuando tienes un problema en las empresas hay que actuar rápido para evitar que se hagan estructurales. Y en esos casos, aun cuando aumenten el gasto público, se trata demedidas muy positivas para la economía y, por tanto, para la sociedad”.



Según Javier Morillas, profesor de Estructura Económica de la Universidad San Pablo-CEU, y vocal asesor del Observatorio de Empleo de la Comunidad de Madrid, las prejubilaciones son útiles “sólo porque las pagamos todos los ciudadanos”. Tampoco entiende que sean beneficiosas para los empleados, ya que “está comprobado que terminar la vida laboral antes de los 65 años contribuye a un deterioro más rápido de la salud. Y aunque varíe según sectores y ramas de actividad, está claro que las personas enmohecen cuando dejan de trabajar”. Morillas cree, pues, que las jubilaciones anticipadas “son negativas para la economía de un país; también lo son como medida pedagógica porque estamos dando un mensaje erróneo a las próximas generaciones; y son igualmente negativas en términos de colaboración con las pensiones futuras”.


Lo que nos lleva a una contradicción: si son tan perjudiciales ¿por qué son tan utilizadas? Según Morillas, tiene tan buena aceptación porque se trata de una medida que conviene por igual a empresarios y a sindicatos. “Los primeros reducen costes, deshaciéndose de trabajadores con salarios elevados a costa de los contribuyentes y los segundos ven una salida más provechosa si negocian una prejubilación en lugar de un despido con lo que aprovechan para hacerse imprescindibles. Así, los sindicatos ganan, algunas empresas ganan y el ciudadano pierde”.